Simona

Hace ya casi 5 años de la llegada de Simona a nuestras vidas, se trata de mi gata. Simona quien en un inicio era Simón (de allí el nombre tan teatral), la encontré bajo mi auto el día que me dieron el alta por una cirugía, era muy pequeña, la lleve a mi casa por el mal estado en que se encontraba y con el pensar que le buscaría un hogar, que al final resulto siendo el mío. Antes de Simona, ya tenía a Lucas, mi adorable amigo perruno, nunca había tenido un gato de mascota, así que no sabía que esperar. Luego de la cirugía me enviaron un mes a casa, durante ese mes tenía que guardar reposo, la diferencia de contar esta historia ahora es que el confinamiento de aquel tiempo y que antes contaba como proeza, hoy todos lo pueden entender, con la única diferencia que mi confinar se redujo a incontables horas en la cama.

Mi madre siempre reclama que tengo cierta preferencia por Simona, ante mi perro y otra gata, preferencia que yo llamaría conexión. En el período de reposo tras la cirugía, prácticamente Simona se convirtió en mi única compañía, ella se recuperaba de los estragos de la calle y yo de la cirugía, en las horas de terapia me seguía por la casa y una vez terminaba ambas volvíamos a la cama. Instintivamente en los momentos en que yo más sentía dolor, la pequeña se acurrucaba sobre mí y ronroneaba sin parar, lo que al final sí que calmaba el dolor.

SIMG_20200723_103151-01.jpegiempre he dicho que Simona llego en el momento preciso, ella hizo aquel encierro más llevadero, me motivó, me dio un propósito al tener que preocuparme por su recuperación. Si bien es cierto, a medida que fue creciendo su carácter cambio por uno muy independiente, travieso e incluso indeferente, hay ocasiones en que es como si reviviéramos el momento de recuperación. En los peores momentos y días más difíciles, me mira fijamente con sus ojos color ámbar, se acurruca sobre mí, de nuevo se convierte en aquella gatita indefensa que no sabíamos si sobreviviría. Adoro a mis otras mascotas, gracias a Simona decidí más tarde darle hogar a otra gatita, pero ciertamente con Simona la relación es especial, y no, no es preferencia, es conexión, de dos seres que se encontraron en su peor momento y lograron salir de el.

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Asociamos soledad con tristeza

Me encontraba sentada en esa silla que da frente al mar, a la hora en que los parques se empiezan a llenar, en las sillas vecinas un par de madres con sus hijos, un grupo en sesión fotográfica y dando vueltas un señor paseando su perro. Cuando llego a cualquier lugar siempre reparo quienes están a mi alrededor, sobre todo si estoy sola, note que aquel señor reparaba en mi constantemente, hasta que poco a poco se fue acercando. Me pregunto si me molestaba que se sentará en el otro extremo de la silla, con las nuevas medidas, es mejor asegurarse. Ambos teníamos nuestras mascarillas, así que no le vi problemas.

Luego de unos minutos, me pregunta: “Hija, ¿estas bien? ¿te encuentras bien?”. A lo que respondí que sí, el incrédulo continuo hablando, tratando de entender porque una chica estaba sola, en aquella plaza, mirando perdida al mar según él, estaba seguro que algo debía pasarme. Y, no. La verdad no me pasaba nada, solo es el lugar que da al estacionamiento donde dejo el auto mientras trabajo. Hay buena vista, a veces me quedo allí en espera que pase lo peor del tráfico. Me costo convencerlo que realmente me encontraba bien, hasta que con la charla que mantuvimos se percató que su suposición era errónea. De esto pude rescatar que aún existen personas buenas, si realmente hubiera sido alguien en crisis en ese lugar, aquel señor le habría hecho bien.

Estamos acostumbrados a asociar la soledad con tristeza. Nos es extraño ver a alguien solo y pensar que es eso, que no pasa nada y que quiere estar solo. Vemos alguien en un restaurante comiendo solo, y decimos, que pena. En el cine, alguien sin compañía, y decimos, yo no vendría solo al cine. Lo he escuchado a menudo, hasta hace algunos años, yo lo pensaba y no iba a ningún lugar sin compañía. Tal vez era inculcado de familia, mi madre detesta la soledad, eso, y los miedos que te tatúan en la mente. Claro esta, no me voy a dar de valiente, de madrugada, en una zona roja. Pero, después de algún tiempo, aprendí a disfrutar mi soledad, no es que sea una ermitaña, pero si quiero estar sola, lo estoy, si quiero ir sola a algún lugar, voy sola. Estar en soledad no significa siempre que estés deprimido, son momentos necesarios, para descubrirnos a nosotros mismos y descubrir lo que queremos, para aclarar la mente, para pensar mejor si necesitamos tomar una decisión, para descansar, para conocernos. Todos necesitamos de esa soledad en cierto momento, debemos normalizarla, porque es en esos momentos en que realmente nos escuchamos.

Herencia de hermanos

Mi madre en un intento por agrandar la familia decidió tener 5 hijos, la diferencia de años entre mis hermanos y yo, va de los 11 a 16 años. Por el trabajo de nuestros padres, muchas veces nuestros hermanos mayores se convierten en nuestros cuidadores, adquiriendo el rol de padres. Es muy común que de adultos culpemos de ciertas costumbres, maneras o gustos a nuestros padres, pero cuando suceden situaciones como la mencionada, terminamos también adoptando esas costumbres y gustos de nuestros hermanos.

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Imagen: Pixabay

En mi caso en particular, desarrolle apego hacía mi hermano mayor, era el de carácter más dócil y cómplice de mis travesuras. De pequeña, lo perseguía por toda la casa, curioseaba todo lo que hacía (Realmente debí ser insoportable), gracias a esto, adopte sus gustos. Hoy en día causa asombro cuando me ven disfrutar de películas como Depredador (1987) y Terminator (1984), o cuando disfruto de la música retro, The Cure y Guns N’ Roses. Lo que en un inicio me pareció insoportable, hoy me permite disfrutar de diferentes deportes, pues muchas veces me toco aguantarme juegos de fútbol, béisbol e incluso golf, en vez de las cómicas.

De manera inconsciente para mí, él aprovechaba el apego y el juego para enseñarme a realizar tareas que me serían útiles de adulta o para cuando él hiciera su propio hogar y no hubiese quién hacerlas en casa.

Gracias a esto, tengo el conocimiento básico de autos; aprendí a cambiar llantas, a chequear los aceites y el agua, incluso sobre daños menores en el auto, lo que me lleva a poder hablar y entenderme bastante bien con los mecánicos. Se daño la tubería interna del inodoro o del lavabo, ¿Para qué plomero? ¡Lis lo soluciona! Puedo desactivar o activar el panel eléctrico de la casa en caso de emergencia.

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Mi historia en el gimnasio

No soy adicta al gym, voy unas dos veces a la semana y hago algo de ejercicio en mi casa cuando no puedo ir. Hace unos días, mientras estaba en una de las máquinas, otra chica se acerca a utilizar la máquina a mi lado, empezamos a hablar un poco y luego de intercambiar unas cuantas palabras me pregunta: «¿y tú que haces aquí? no necesitas esto, estas muy delgada»… Sí, soy muy delgada, siempre lo he sido, mido 1.65 m y peso 108 lbs, eso quiere decir que estoy bajo peso. Soy de esas personas que muchos llaman «afortunada» por poder comer lo que sea y no subir de peso, pero ahora les cuento un poquito de mi realidad.

El ejercicio no es exclusivo para quienes quieren rebajar, para mantener un buen estado de salud debemos hacer actividad física. A los delgados también se nos elevan los niveles de glicemia (azúcar en sangre), colesterol, triglicéridos, etc. Como me paso a mí, durante meses mis niveles de triglicéridos y colesterol estuvieron por la nubes, tenía tan solo 20 años, ciertamente me gusta comer y a cada momento, lo que no ayudaba, pero mi problema radicaba en la tiroides. Justamente es la causa por la que también soy delgada y por la que se me es casi imposible subir de peso.

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Cuando ingrese a la universidad fue el peor momento, tenía que lidiar con las bromas de mis amigos «te va a llevar el viento», «te vas a quebrar», «dichosa tú que puedes comer lo que sea». La gran mayoría tiene la errónea percepción que al estar delgado tienes la figura perfecta. Pues no, siempre mi tendencia ha sido a skinny fat, es decir delgada pero con flacidez. Los delgados sufrimos de flacidez, tenemos celulitis, estrías, grasa acumulada y muchas otras cosas. Me sentía mal con mi cuerpo, los comentarios que no ayudaban, entraba a una discoteca y me paraban para pedir identificación. Hay quienes te rechazan por ser muy delgado, a veces te insinúan que tienes alguna enfermedad o te creen débil e incapaz de hacer más de cuatro cosas. Al contrario de lo que todos piensan, no toda la ropa te queda bien, siendo mujer parecerás un niño con una que otra prenda y en el peor de los escenarios, te comparan con una tabla de surf. En mi caso, ni hablar de los pacientes… «¡¡¡¿Usted me va a sacar la muela?!!!»

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El sueño más bonito

Ya se cumplía un mes que no te veía, pero allí estabas nuevamente, aún puedo sentir la nostalgia que me invadió, sabía que no era igual. Regresamos a ese entonces, como cuando era una niña, como aquellas tardes, cuando esperaba ansiosa tu regreso a casa para emprender nuestro paseo diario, y es que para ti no existía cansancio del día que impidiera nuestra salida.

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Empezamos a caminar, ahora que lo pienso, es casi el mismo barrio, con menos autos y sin el bullicio de cada tarde. Esta vez no hubo las pausas por aquellos vecinos que repetían la misma conversación de ayer, esta vez no tuve que pellizcar o hacer muecas para que tu complicidad entendiera mi impaciencia, pero aún así el camino se hizo más largo, más largo que nunca. Escucho a lo lejos salir de las casas lo que supongo era el sonido de las noticias, veo los reflejos del televisor en las ventanas, el asfalto negro y tu mirada hacía el frente… Y llegamos, nuestro lugar favorito, ese que sí cambio, que ya no existe. Pero allí estaba, como hace tantos años, y recordando, casi puedo sentir como subimos esos tres largos escalones de piedras. Como todos los días el Sr. Salaz nos esperaba, solo que hoy no dijo nada, como siempre tras aquel mostrador verde, veo la vidriera repleta en dulces, recuerdo cada estantería, la escasez de luz, éramos los únicos en el lugar. Puedo escuchar aquel ronroneo de la nevera y su vidrio nublado. Camino detrás de ti hasta el final del pasillo, directo al viejo congelador con helados, como siempre tienes que tomar mi mano para evitar que pase a través de esa cortina de esferas que, siempre llamó mi curiosidad a descubrir que había detrás.

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El viejito

Llegó en 1998, no recuerdo en que mes exactamente, yo tenía 10 años, así que debió ser entre mayo y octubre, lo que recuerdo es la felicidad que me embargo aquel día. No era el primero, pero en mi mente es como si lo hubiera sido, ahora que lo pienso, tal vez se debe a que participe en todo el proceso para escogerlo.

Era un Rover 600, color verde botella, en realidad solo verde, le inventamos el color por la igualdad con una botella de cerveza local. En cuanto abrí una de sus puertas, intente romper uno de los forros plástico que cubrían los asientos de cuero color beige, a lo que me detuvo el «no» unísono de mi madre y mi hermana. Aquel forro se mantuvo solo por unos días, con el calor de mi país era imposible tolerarlo ya que terminaba adhiriéndose a la piel, la realidad es que removerlo no mejoro la situación, en los días calurosos aquellas superficies de cuero podían provocar quemaduras de primer grado fácilmente, nunca he entendido porque envían autos con interiores de cuero a países calurosos, o porque personas como mi madre, terminan comprándolos para luego quejarse de tener que esperar para entrar al auto luego de estar unos minutos bajo el sol.

Aquel auto que manejaba mi madre me llevo durante mis últimos años de la escuela primaria, gran parte del colegio secundario y algunas veces a la Universidad; esa gran parte y algunas veces se debió a la llegada de otros autos a la casa. En el recibí mis primeras clases de manejo de parte de mi madre, y debo decir que las últimas, después de casi caer a un lago no tuve más ganas de recibir lecciones de parte de mi madre, seamos honestos «¿Quién enseña a manejar a orillas de un lago?». Con ese auto también aprendí las lecciones básicas de mecánica, impartidas por mi hermano, aprendí a cambiar llantas, bueno, la teoría, porque nunca logré soltar las tuercas, de hecho sigo sin poder hacerlo, creo que es cuestión de peso, pero de eso hablaremos otro día.

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Mi gata adoptada

Mi gata adoptada

Hace poco más de un año, en una cita control posterior a mi cirugía, cuando me iba a casa encontré una pequeña gatita debajo del auto, estaba muy maltratada y con claras señales de desnutrición. No podía abandonarla, de dejarla allí de seguro moriría, así que decidí llevarla conmigo. Siempre fui una persona de perros, es más, ya tenía un perro cuando la lleve a casa, y mi pensamiento fue cuidar de ella por unos días hasta que le pudiera conseguir alguien que la quisiera adoptar.

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Yo estaba convaleciente y ella estaba muy débil, así que supongo que nos sentimos «identificadas» la una con la otra. Mientras estuve en cama, ella me hizo compañía las 24 horas, recuerdo que daba pequeñas vueltas por el cuarto y siempre terminaba acurrucándose sobre mi vientre y dormía largos ratos. Yo empezaba a recuperar mi cotidianidad, ella empezaba a dar sus primeros brincos y a hacer sus primeras travesuras. Llegó el momento en que deje de buscarle hogar y decidí brindarle el mío permanentemente.

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La vida después

La vida después

Hace ya un año de mi cirugía, para quienes son nuevos en mi blog les comento que fue una cirugía de apendicitis, como muchos sabrán esta es considerada una “cirugía menor”, lo que a mi opinión particular, es falso, no creo que exista tal cosa como cirugía menor, pues todas conllevan un riesgo. Algunos días atrás un amigo me pregunto cómo me sentía después de la cirugía, en ese momento mi respuesta se centró en lo físico. En general mi respuesta fue que me sentía bastante bien y que en alguno que otro momento cuando hacía mucho esfuerzo físico tenía una leve molestia. A algunos esto les parece raro por aquello de la “cirugía menor”, en la mayoría de los casos a los dos meses los que son operados de esto ya se encuentran bastante bien, pero recordemos que todos los cuerpos no son iguales y en mi caso, presente otras complicaciones que no la hicieron tan “menor”. Ahora bien, pensando en la pregunta de mi amigo, si lo pienso mejor, puedo decir que luego de la cirugía estoy bien, pero de una manera que va más allá de lo físico, pasar por esa experiencia me cambió.

Como mencione antes, mi cirugía no fue tan sencilla y la verdad sentí mucho temor, en los días que estuve internada en el hospital, vi como otras personas perdían sus seres queridos, algunos de ellos muy jóvenes, personas que no tuvieron la oportunidad de vivir mucho. Por mi carrera he estado bastante familiarizada con la muerte en pacientes, creo que cuando lo haces como trabajo te acostumbras de cierta manera a lidiar con ello, pero esta vez fue diferente porque fui testigo del sufrimiento de su mismo lado, sentí el temor que experimentan, esto definitivamente cambio mi perspectiva de vida. Me hizo percatarme que tenía que vivir más, me di cuenta que no estaba viviendo mi vida plenamente, más que vivir para mí, vivía para complacer a los demás y ser el modelo perfecto pero mi familia, finalmente entiendo que puedo ser ese modelo que los enorgullece viviendo a mi manera.

Cuando pasas por situaciones de temor y que te acercan a la muerte, empiezas a valorar a quienes tienes a tu alrededor, porque en ese momento te rodearan quienes realmente le importas. Luego de esto, decidí hacer las cosas que realmente me gustan, he hecho aquellas que por temor no hacía, porque no tienes que tirarte de un paracaídas o correr un auto a 200 km/h para estar en peligro.

Un consejo que podría dar es que vivan la vida al máximo, aprovechen cada segundo y disfruten de los más pequeños detalles. Vivan el amor sin miedo y si fracasaste en un intento, pues vívelo de nuevo porque tienes intentos infinitos hasta encontrar el indicado. Comparte y valora el tiempo con aquellas personas que quieres, ríe con ellas, abrázalas e incluso llora con ellas, pues si alguno llega a faltar, esos son los recuerdos que quedarán. Práctica el deporte que siempre has querido, viaja, canta, baila. No esperes pasar por una situación que te haga cambiar, no todos corren con la suerte de salir de ella. Comienza a vivir desde hoy, vive, porque de eso se trata este viaje llamado vida.

Catarsis nocturna

Catarsis nocturna

Me considero una persona de alta productividad nocturna, sobre todo a la hora de escribir las entradas para este blog, pues por lo general la inspiración me llega en la noche.

Siempre he tratado de crear un horario para dormir, el que trato de cumplir estando en cama a las 12, pero a menos que mi día haya sido muy agotador, no logro conciliar el sueño. Es en ese momento en que mi mente empieza a recapitular todo el día, lo que hice y lo que no, los pendientes, etc. Pero también pasa que me llegan las ideas para escribir, hay días en que son las 3 de la madrugada, me despierto con esta idea y digo, lo dejaré para mañana, seguiré durmiendo y mañana la desarrollo. Llega el día, busco mi laptop para escribir, y ¿qué creen? No pasa nada, solo queda como eso, una idea, porque no logro encontrar las palabras para aquella iluminación que irrumpió el efecto de morfeo. Igual me pasa que pienso en algo sobre lo que quiero escribir durante el día y por lo general tampoco logro hacerlo, no puedo ir más allá de unas cuantas líneas.

De noche, es algo maravilloso lo que me sucede, siento que entro en catarsis nocturna, mis mejores entradas han nacido mientras el resto del mundo a mi alrededor duerme. Puedo estar profundamente dormida y de repente despierto, ya sea para ir al baño, porque mi perro ladro o cualquier sea el motivo, y en el juego de volver a dormir,  empiezo a desarrollar la idea en mi cabeza. Ahora sé que cuando esto me pasa, tengo que seguir el instinto; me levanto de la cama, saco mi laptop, me pongo los audífonos y empiezo a escribir y escribir, las palabras fluyen sin dificultad alguna, van saliendo de forma tan espontánea que nadie me lo creería. La verdad, es algo gratificante, pues muchas de las entradas están basadas en asuntos personales, que al ser compartidos me hace sentir liberada. Lo que trato de hacer de manera forzada en 3 horas durante el día, en ese período de catarsis lo logro hasta en media hora.

Tal vez es la tranquilidad de la noche y la paz que evoca, lo que me ayuda a desarrollar mi escritura, pero aún estando en las mismas condiciones de soledad y calma durante el día, el resultado no es el mismo. Todos funcionamos de manera diferente y creo que debemos seguir las señales que nos brinda nuestro cuerpo, en vez de tratar de forzarlo para que se habitúe a trabajar como lo hacen los demás, tal vez nuestra fuente de éxito esta en hacer las cosas de manera diferente.

 

Cicatrices

Cicatrices

Hace algunas semanas cambie mi foto de perfil en una de mis redes sociales, en la misma se notaba una pequeña cicatriz que tengo justo debajo de mi labio inferior, a las horas, una amiga social (llamada así, al no compartir una amistad real más allá de las redes y uno que otro encuentro esporádico por amigos en común) me da como opinión: «creo que deberías cambiar tu foto de perfil, se ve tu cicatriz y no es muy estético.» Aún no logro si definirme como una persona de abundante tolerancia y paciencia o una persona indiferente, pues evadí el comentario en el momento y no le di mayor importancia. Pero a las horas pegó el golpe, me invadió la inseguridad y la duda, a lo mejor tenía razón y debía cambiarla, lo pensé y lo pensé, hasta que decidí no hacerlo.

La razones por la que no lo hice: primero, porque mi madre siempre me enseñó a no dejar que los comentario negativos de los demás me afectará. Y la segunda, la descubrí en el momento que miraba frente a un espejo mi cicatriz, mientras meditaba si debía cambiarla o no, me refiero al recuerdo que me vino de cuando me hice esa cicatriz.

Era una niña cuando me pasó, por supuesto que dolió y mucho, me tuvieron que llevar al hospital, mi mamá casi desmayándose por el sangrado que no dejaba ver que tan profunda era. Pero lo primero que recuerdo no es esto, si no que en el momento que ocurrió estaba jugando con mi hermano; recuerdo el juego, las risas que sacaban lágrimas, era un momento de felicidad indescriptible. Y al tener este recuerdo se vienen a mi mente otros recuerdos felices como el que viví ese día, que a pesar de verse opacado por una pequeña tragedia, sigue reinando la felicidad del momento antes. Es por eso que con orgullo decidí dejar la foto y nunca más sentiré pizca de vergüenza por mi cicatriz y ya tengo la respuesta para cuando alguien nuevamente se atreva a criticarla.

Si en algún momento decido deshacerme de ella, será porque yo lo quiero así, no por presión o por correr el gusto a otro. Ahora, no creo que debamos avergonzarnos de nuestras cicatrices, cada una de ella cuenta una historia y estoy segura que muchos de ustedes al igual que yo tendrán una cicatriz que le traerá un grato recuerdo: cuando aprendieron a manejar bicicleta, cuando sintieron adrenalina de un deporte extremo y porque no, cuando dieron vida mediante una cesárea.

Si bien es cierto no todas las cicatrices tienen una historia como la mía y traen recuerdos negativos, mientras tú decidas que esa cicatriz te acompañé, en vez de recordar lo negativo piensa en que es la señal física de que atravesaste una situación difícil y lograste salir adelante.

¡Salud! por las cicatrices y los recuerdos tras de ellas.