Extrañando el hogar

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Ciudad de Panamá. Foto: Instagram @takenbylis

Siempre recuerdo mi primer viaje, era por una semana, en un inicio pensé, es muy poco tiempo, no vamos a poder hacer mucho. La pasamos estupendo, pero la realidad es que al quinto día, empecé a extrañar a mi madre, su comida, mi casa y mi habitación, a mi perro, mi gata y hasta al vecino gritón… Tal vez todo fue por la ausencia de mi madre, a causa de su trabajo. Recuerdo ese quinto día en la noche cuando hable con mi madre, le repetí tantas veces mis ganas de comer uno de sus platos, a decir verdad la pase un poco mal con la comida, y por primera vez me vino a la mente todas aquellas veces que me queje de la comida de mi madre.

El punto es, soy de esas personas que al llegar al aeropuerto es la persona más feliz, que ama viajar, pero que al pasar unos días extraña su tierra, ya no a los cinco días, pero al regreso voy igual de feliz por ver y estar con los míos. Termino extrañando el calor agobiante de mi tierra, el tráfico enloquecedor e incluso las lluvias torrenciales inesperadas, es que el clima de Panamá es un poco bipolar. Creo que si me decidiera por irme a otro país tendría que llevarme a mi banda completa, que por suerte no tiene muchos integrantes, pero es que hasta las peleas entre la gata y el perro son necesarias.

Todo esto me hace pensar en quienes tienen que abandonar su hogar, en busca de un mejor futuro porque en su propia patria no lo encuentran, aquellos que tienen que dejar a sus seres queridos sin la certeza de saber cuándo volverán a verlos nuevamente, lo difícil que debe ser llegar a otro país buscando establecerte estando solo. Admiro su fortaleza, porque hay que ser muy fuerte para salir adelante extrañando el hogar.

El sueño más bonito

Ya se cumplía un mes que no te veía, pero allí estabas nuevamente, aún puedo sentir la nostalgia que me invadió, sabía que no era igual. Regresamos a ese entonces, como cuando era una niña, como aquellas tardes, cuando esperaba ansiosa tu regreso a casa para emprender nuestro paseo diario, y es que para ti no existía cansancio del día que impidiera nuestra salida.

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Empezamos a caminar, ahora que lo pienso, es casi el mismo barrio, con menos autos y sin el bullicio de cada tarde. Esta vez no hubo las pausas por aquellos vecinos que repetían la misma conversación de ayer, esta vez no tuve que pellizcar o hacer muecas para que tu complicidad entendiera mi impaciencia, pero aún así el camino se hizo más largo, más largo que nunca. Escucho a lo lejos salir de las casas lo que supongo era el sonido de las noticias, veo los reflejos del televisor en las ventanas, el asfalto negro y tu mirada hacía el frente… Y llegamos, nuestro lugar favorito, ese que sí cambio, que ya no existe. Pero allí estaba, como hace tantos años, y recordando, casi puedo sentir como subimos esos tres largos escalones de piedras. Como todos los días el Sr. Salaz nos esperaba, solo que hoy no dijo nada, como siempre tras aquel mostrador verde, veo la vidriera repleta en dulces, recuerdo cada estantería, la escasez de luz, éramos los únicos en el lugar. Puedo escuchar aquel ronroneo de la nevera y su vidrio nublado. Camino detrás de ti hasta el final del pasillo, directo al viejo congelador con helados, como siempre tienes que tomar mi mano para evitar que pase a través de esa cortina de esferas que, siempre llamó mi curiosidad a descubrir que había detrás.

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El viejito

Llegó en 1998, no recuerdo en que mes exactamente, yo tenía 10 años, así que debió ser entre mayo y octubre, lo que recuerdo es la felicidad que me embargo aquel día. No era el primero, pero en mi mente es como si lo hubiera sido, ahora que lo pienso, tal vez se debe a que participe en todo el proceso para escogerlo.

Era un Rover 600, color verde botella, en realidad solo verde, le inventamos el color por la igualdad con una botella de cerveza local. En cuanto abrí una de sus puertas, intente romper uno de los forros plástico que cubrían los asientos de cuero color beige, a lo que me detuvo el “no” unísono de mi madre y mi hermana. Aquel forro se mantuvo solo por unos días, con el calor de mi país era imposible tolerarlo ya que terminaba adhiriéndose a la piel, la realidad es que removerlo no mejoro la situación, en los días calurosos aquellas superficies de cuero podían provocar quemaduras de primer grado fácilmente, nunca he entendido porque envían autos con interiores de cuero a países calurosos, o porque personas como mi madre, terminan comprándolos para luego quejarse de tener que esperar para entrar al auto luego de estar unos minutos bajo el sol.

Aquel auto que manejaba mi madre me llevo durante mis últimos años de la escuela primaria, gran parte del colegio secundario y algunas veces a la Universidad; esa gran parte y algunas veces se debió a la llegada de otros autos a la casa. En el recibí mis primeras clases de manejo de parte de mi madre, y debo decir que las últimas, después de casi caer a un lago no tuve más ganas de recibir lecciones de parte de mi madre, seamos honestos “¿Quién enseña a manejar a orillas de un lago?”. Con ese auto también aprendí las lecciones básicas de mecánica, impartidas por mi hermano, aprendí a cambiar llantas, bueno, la teoría, porque nunca logré soltar las tuercas, de hecho sigo sin poder hacerlo, creo que es cuestión de peso, pero de eso hablaremos otro día.

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Soy

Una chica de 29 años, auto-aprendiz de la fotografía, chef a medio tiempo del hogar, intento de blogger nocturna y odontóloga de profesión. Quien en silencio, siente como el primer día la ausencia de su padre y aprendió así a valorar cada momento junto a los suyos, la que disfruta los viajes de carretera con su madre y en cada diciembre revive su niña interior.

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Foto: @takenbylis

Quien ama los perros, enloquece por el recibimiento de su fiel compañero y termino adoptando una gata. La que odia el maltrato animal y que con lágrimas acompaña a quienes no puede salvar hasta su último suspiro.

La que sentada en la arena se pierde en las olas. A la que viajar le apasiona, pero siempre termina extrañando su hogar. Aquella que siente paz inigualable en los aviones. La que cada día siente más fuerte el llamado de la sangre española de sus ancestros y sueña con las playas de Hawaii y Brasil.

Quien se siente incompleta sin música, que vive las letras de sus canciones favoritas y el 90% de las veces se queda dormida con música romántica. La que ama casi cualquier género musical, pero la enamora el Jazz, la Bossa Nova y las letras de cantantes españoles.

Aquella que está en espera del amor, que no cree en el hombre perfecto, pero sí en aquel compañero de aventuras, de sueños y de la tempestad.

Quien cree que lo mejor siempre esta por venir, la que siempre piensa en el sol después de la tormenta, que disfruta de las pequeñas cosas y se niega al “no puedes”.

Soy la chica que anda con la arena bajo los pies, con la música en mis venas y la cámara en mis manos. Soy…

Lis

Mi gata adoptada

Mi gata adoptada

Hace poco más de un año, en una cita control posterior a mi cirugía, cuando me iba a casa encontré una pequeña gatita debajo del auto, estaba muy maltratada y con claras señales de desnutrición. No podía abandonarla, de dejarla allí de seguro moriría, así que decidí llevarla conmigo. Siempre fui una persona de perros, es más, ya tenía un perro cuando la lleve a casa, y mi pensamiento fue cuidar de ella por unos días hasta que le pudiera conseguir alguien que la quisiera adoptar.

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Yo estaba convaleciente y ella estaba muy débil, así que supongo que nos sentimos “identificadas” la una con la otra. Mientras estuve en cama, ella me hizo compañía las 24 horas, recuerdo que daba pequeñas vueltas por el cuarto y siempre terminaba acurrucándose sobre mi vientre y dormía largos ratos. Yo empezaba a recuperar mi cotidianidad, ella empezaba a dar sus primeros brincos y a hacer sus primeras travesuras. Llegó el momento en que deje de buscarle hogar y decidí brindarle el mío permanentemente.

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La vida después

La vida después

Hace ya un año de mi cirugía, para quienes son nuevos en mi blog les comento que fue una cirugía de apendicitis, como muchos sabrán esta es considerada una “cirugía menor”, lo que a mi opinión particular, es falso, no creo que exista tal cosa como cirugía menor, pues todas conllevan un riesgo. Algunos días atrás un amigo me pregunto cómo me sentía después de la cirugía, en ese momento mi respuesta se centró en lo físico. En general mi respuesta fue que me sentía bastante bien y que en alguno que otro momento cuando hacía mucho esfuerzo físico tenía una leve molestia. A algunos esto les parece raro por aquello de la “cirugía menor”, en la mayoría de los casos a los dos meses los que son operados de esto ya se encuentran bastante bien, pero recordemos que todos los cuerpos no son iguales y en mi caso, presente otras complicaciones que no la hicieron tan “menor”. Ahora bien, pensando en la pregunta de mi amigo, si lo pienso mejor, puedo decir que luego de la cirugía estoy bien, pero de una manera que va más allá de lo físico, pasar por esa experiencia me cambió.

Como mencione antes, mi cirugía no fue tan sencilla y la verdad sentí mucho temor, en los días que estuve internada en el hospital, vi como otras personas perdían sus seres queridos, algunos de ellos muy jóvenes, personas que no tuvieron la oportunidad de vivir mucho. Por mi carrera he estado bastante familiarizada con la muerte en pacientes, creo que cuando lo haces como trabajo te acostumbras de cierta manera a lidiar con ello, pero esta vez fue diferente porque fui testigo del sufrimiento de su mismo lado, sentí el temor que experimentan, esto definitivamente cambio mi perspectiva de vida. Me hizo percatarme que tenía que vivir más, me di cuenta que no estaba viviendo mi vida plenamente, más que vivir para mí, vivía para complacer a los demás y ser el modelo perfecto pero mi familia, finalmente entiendo que puedo ser ese modelo que los enorgullece viviendo a mi manera.

Cuando pasas por situaciones de temor y que te acercan a la muerte, empiezas a valorar a quienes tienes a tu alrededor, porque en ese momento te rodearan quienes realmente le importas. Luego de esto, decidí hacer las cosas que realmente me gustan, he hecho aquellas que por temor no hacía, porque no tienes que tirarte de un paracaídas o correr un auto a 200 km/h para estar en peligro.

Un consejo que podría dar es que vivan la vida al máximo, aprovechen cada segundo y disfruten de los más pequeños detalles. Vivan el amor sin miedo y si fracasaste en un intento, pues vívelo de nuevo porque tienes intentos infinitos hasta encontrar el indicado. Comparte y valora el tiempo con aquellas personas que quieres, ríe con ellas, abrázalas e incluso llora con ellas, pues si alguno llega a faltar, esos son los recuerdos que quedarán. Práctica el deporte que siempre has querido, viaja, canta, baila. No esperes pasar por una situación que te haga cambiar, no todos corren con la suerte de salir de ella. Comienza a vivir desde hoy, vive, porque de eso se trata este viaje llamado vida.

Catarsis nocturna

Catarsis nocturna

Me considero una persona de alta productividad nocturna, sobre todo a la hora de escribir las entradas para este blog, pues por lo general la inspiración me llega en la noche.

Siempre he tratado de crear un horario para dormir, el que trato de cumplir estando en cama a las 12, pero a menos que mi día haya sido muy agotador, no logro conciliar el sueño. Es en ese momento en que mi mente empieza a recapitular todo el día, lo que hice y lo que no, los pendientes, etc. Pero también pasa que me llegan las ideas para escribir, hay días en que son las 3 de la madrugada, me despierto con esta idea y digo, lo dejaré para mañana, seguiré durmiendo y mañana la desarrollo. Llega el día, busco mi laptop para escribir, y ¿qué creen? No pasa nada, solo queda como eso, una idea, porque no logro encontrar las palabras para aquella iluminación que irrumpió el efecto de morfeo. Igual me pasa que pienso en algo sobre lo que quiero escribir durante el día y por lo general tampoco logro hacerlo, no puedo ir más allá de unas cuantas líneas.

De noche, es algo maravilloso lo que me sucede, siento que entro en catarsis nocturna, mis mejores entradas han nacido mientras el resto del mundo a mi alrededor duerme. Puedo estar profundamente dormida y de repente despierto, ya sea para ir al baño, porque mi perro ladro o cualquier sea el motivo, y en el juego de volver a dormir,  empiezo a desarrollar la idea en mi cabeza. Ahora sé que cuando esto me pasa, tengo que seguir el instinto; me levanto de la cama, saco mi laptop, me pongo los audífonos y empiezo a escribir y escribir, las palabras fluyen sin dificultad alguna, van saliendo de forma tan espontánea que nadie me lo creería. La verdad, es algo gratificante, pues muchas de las entradas están basadas en asuntos personales, que al ser compartidos me hace sentir liberada. Lo que trato de hacer de manera forzada en 3 horas durante el día, en ese período de catarsis lo logro hasta en media hora.

Tal vez es la tranquilidad de la noche y la paz que evoca, lo que me ayuda a desarrollar mi escritura, pero aún estando en las mismas condiciones de soledad y calma durante el día, el resultado no es el mismo. Todos funcionamos de manera diferente y creo que debemos seguir las señales que nos brinda nuestro cuerpo, en vez de tratar de forzarlo para que se habitúe a trabajar como lo hacen los demás, tal vez nuestra fuente de éxito esta en hacer las cosas de manera diferente.

 

Me gusta

Navegar en el mar, la playa. La sensación de arena bajos mis pies. La música. Mi cámara. Reuniones familiares y con amigos. Manejar de noche en alguna ciudad. El acento de los españoles. El francés. Fotos blanco y negro, la fotografía en general. El silencio de la noche. La alegría de mis sobrinos. Canciones de Frank Sinatra, Dean Martin y Andy Williams. La luna llena. Abrazos inesperados. Besos robados. Los Museos. El Bossa Nova y el Jazz. Las grandes ciudades. Las teclas bajo mis dedos. Llaveros. Los aviones, volar en ellos. Mi perro, su mirada. Mi gata adoptada, que duerma sobre mí y que me reciba como un perro. Dusty blue de Charles Bradley. Las palmeras. La satisfacción de mis pacientes. Perfumes. Colecciones de libros. El abrazo de un niño. Aroma a café. Leer un periódico. Una siesta bajo el sonido de las gotas de lluvia. Pingüinos. Búhos. Flamingos y su caminar. Las luces de los autos durante la noche. Los aeropuertos. La pulcritud de los pilotos. Las copas de vino. Las letras de Pablo Alborán. Contemplar el amanecer, la puesta de sol y las estrellas. Cancún, Hawaii, España. La solidaridad en tiempos de desesperación. Las luces de navidad, los renos, el árbol; todo de Navidad. El olor del césped recién cortado, el olor de la tierra luego de la lluvia. Letreros luminosos con mensajes. La arquitectura de las iglesias. Las banderas. El aguacate. Tocadiscos. Las manos suaves. Pájaros que cantan al amanecer. Flores blancas. Los pequeños tatuajes en las muñecas. Las miradas fijas. Cantar en el tráfico. Serendipity. La frase playing it cool. Las melodías del piano y el violín. Viajes de camino. Charlas nocturnas. Autos negros. Las camas grandes. Casas con ventanales. Linternas voladoras. La palabra apetece.

No me gusta

Pensar que algún día mi madre me hará falta. Que mi padre ya no esté. Esperar sola. La soledad en espacios cerrados. Los falsos amigos. Aquellos que juzgan sin conocer. Estereotipos. Las cosquillas. Titanic. Los pitufos. Las Kardashians. Preguntas matemáticas inesperadas. Debates sobre temas religiosos. Las comidas con coco. El color naranja. Las fragancias de goma de mascar. Relámpagos sin lluvia. Los sismos. Las despedidas. El engaño. La mentira. El grito a un niño, que me griten a mí. El que es capaz de arrancar una vida. Arañas, hormigas. Cualquier animal con más de cuatro patas. Quien maltrata un animal. La impotencia de no poder rescatar cada uno de los animales abandonados. El vallenato, la bachata y la cumbia panameña. La enfermedad que como un fantasma ataca un niño. Los que se escudan tras preceptos religioso para atacar a los que profesan de manera diferente. Palabras con ll escritas con y. Tomar llamadas de números desconocidos. El humo. La necesidad de aceptación a cualquier costo. Los celos enfermizos. Mi cabello rizado. Las largas filas. El capaz de abusar de su poder para oprimir al indefenso. El frío. El indiferente a la necesidad y dolor ajeno. Aquellos que atacan en las redes sociales por no compartir la misma opinión. Camiones detrás de mi auto. La capacidad de algunos de inmiscuirse en la vida privada de los demás. Mojarme sin intención con la lluvia. Comidas picantes. El llanto desconsolado de un niño ignorado por sus padres.

 

Cicatrices

Cicatrices

Hace algunas semanas cambie mi foto de perfil en una de mis redes sociales, en la misma se notaba una pequeña cicatriz que tengo justo debajo de mi labio inferior, a las horas, una amiga social (llamada así, al no compartir una amistad real más allá de las redes y uno que otro encuentro esporádico por amigos en común) me da como opinión: “creo que deberías cambiar tu foto de perfil, se ve tu cicatriz y no es muy estético.” Aún no logró si definirme como una persona de abundante tolerancia y paciencia o una persona indiferente, pues evadi el comentario en el momento y no le di mayor importancia. Pero a las horas pegó el golpe, me invadió la inseguridad y la duda, a lo mejor tenía razón y debía cambiarla, lo pensé y lo pensé, hasta que decidí no hacerlo.

La razones por la que no lo hice: primero, porque mi madre siempre me enseñó a no dejar que los comentario negativos de los demás me afectará. Y la segunda, la descubrí en el momento que miraba frente a un espejo mi cicatriz, mientras meditaba si debía cambiarla o no, me refiero al recuerdo que me vino de cuando me hice esa cicatriz.

Era una niña cuando me pasó, por supuesto que dolió y mucho, me tuvieron que llevar al hospital, mi mamá casi desmayandose por el sangrado que no dejaba ver que tan profunda era. Pero lo primero que recuerdo no es esto, si no que en el momento que ocurrió estaba jugando con mi hermano; recuerdo el juego, las risas que sacaban lágrimas, era un momento de felicidad indescriptible. Y al tener este recuerdo se vienen a mi mente otros recuerdos felices como el que viví ese día, que a pesar de verse opacado por una pequeña tragedia, sigue reinando la felicidad del momento antes. Es por eso que con orgullo decidí dejar la foto y nunca más sentire pizca de vergüenza por mi cicatriz y ya tengo la respuesta para cuando alguien nuevamente se atreva a criticarla.

Si en algún momento decido deshacerme de ella, será porque yo lo quiero así, no por presión o por correr el gusto a otro. Ahora, no creo que debamos avergonzarnos de nuestras cicatrices, cada una de ella cuenta una historia y estoy segura que muchos de ustedes al igual que yo tendrán una cicatriz que le traerá un grato recuerdo: cuando aprendieron a manejar bicicleta, cuando sintieron adrenalina de un deporte extremo y porque no, cuando dieron vida mediante una cesárea.

Si bien es cierto no todas las cicatrices tienen una historia como la mía y traen recuerdos negativos, mientras tú decidas que esa cicatriz te acompañé, en vez de recordar lo negativo piensa en que es la señal física de que atravesaste una situación difícil y lograste salir adelante.

¡Salud! por las cicatrices y los recuerdos tras de ellas.